“No, I don’t do IKEA, sorry”

Como cada año, toca la ineludible visita familiar. Me gustaría ser como el turrón, que sólo vuelve a casa por Navidad y eso basta, pero en pocos casos es esto posible. Y mucho menos en este, cuando está en juego la tradición familiar del Crayfish Party, donde los cangrejos de río abundan por todas partes (platos, gorros, paredes, servilletas, sombrillas con la bandera sueca, etc) y las albóndigas se reproducen en tu plato por arte de magia.

La verdad es que pocas comidas hay en el mundo que me gusten tanto como la sueca. Quién no ha oído hablar de las famosas albóndigas de IKEA… Y el puré de patatas y la mermelada de grosella que lo acompaña. Y si se añade el picoteo de quesos, quiche, knackebröd, salmón ahumado… ¿Quién es capaz de saltarse esta fiesta (por mucho que haya que sufrir el típico momento de ponerte el gorrito ridículo)?

Así que, por unos días dejo el té y las pastas para atiborrarme de minialbóndigas y marisco, maltratar mi estómago con chupitos suecos (espero que mi estómago no se resienta, porque me es imposible beber like a viking) y para pasar un poco de frío y estresarme por lo caro que está todo en Suecia. Todo sea por deleitar mi paladar (y obviamente la vista, ya que puedo confirmar que el tópico es cierto, sí, el 90% de la población sueca es físicamente semi-perfecta) durante cuatro cortos días.

Skål!

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